He tenido la oportunidad de visitar algunos estados de nuestra hermosa República Mexicana y cada uno tiene el toque maravilloso de la mano de Dios. Es un país grandemente bendecido pues "Él" no olvidó un solo detalle y todo lo puso en el lugar asignnado.
Conocí sitios áridos en donde aparentemente no hay vegetación, pero ahí está, soportando el sol abrazador, sobreviviendo a la sequía y aún más, sirviendo de consuelo para quien lo necesite.
Visité ciudades coloniales en donde se levantan majestuosas construcciónes e imponentes monumentos, tan impresionantes que no les piden nada a una Roma por la que sueñas conocer, y te pasas la mitad de tu vida ahorrando para hacer realidad ese sueño que al final del camino no realizas y te das cuenta que también perdiste la oportunidad de conocer lo nuestro..... pero ya es demasiado tarde, ya no hay fuerzas y tampoco ahorros, y te quedaste toda tu vida encerrado en una oficina.
Y conozco un lugar maravilloso, un rinconcito Jarocho situado en la parte norte del Estado, el cual es bañado por un gran Rio que corre a lo largo de la Ciudad, en donde se puede observar a los peces jugueteando en él, saltando y repiqueteando al roce del sol con destellos plateados, y sobre el mismo las gaviotas suspendidas en el aire esperando la oportunidad de poder atrapar a alguno que se descuide, también puedo ver otras aves que reposan en algún tronco a la orilla con sus alas extendidas para secarlas y muchos cangrejos que salen de sus madrigueras buscando alimento. A escasos kilometros el Mar, el Golfo de México, Imponente, fuerte pero también romántico, furioso y a la vez con mucha paz. Es la tierra prometida, la tierra que Dios nos dió para que la habitacemos, para que la cuidaramos, para que la amemos. Es Tuxpan de Rodriguez Cano, Veracruz, México.